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Grupo de edad
9–10 años
Idioma
Español
Detalles del libro
35 páginas
Lista de capítulos y estructura
7 capítulos
Formato
Solo texto

Contenido pensado para cada grupo de edad

Libro de muestra

El pluviómetro de Mateo

Resumen del cuento

Durante una semana, Mateo y Lucía miden la lluvia en el balcón; cuando la tormenta esperada descarga sobre otras colinas, lo único que pueden anotar es un cero honesto.

Primer capítulo gratis

La botella de plástico

Las tijeras se trabaron en el plástico y luego resbalaron de golpe. Mateo cortó la parte de arriba de la botella y le dio la vuelta. Encajó el trozo cortado dentro de la parte de abajo, como un embudo.

La mesa de la cocina estaba cubierta de papel de periódico. Lo había pedido su madre, porque de la tarea del mes pasado todavía quedaba una mancha de pegamento en la madera. La botella era de agua, de dos litros y con el fondo plano. Le había arrancado la etiqueta por la tarde. El rastro pegajoso que quedó debajo se le pegaba a los dedos y levantaba las esquinas del periódico.

La tarea era sencilla: anotar el tiempo durante una semana. La maestra Elena lo había escrito hoy en la pizarra con letras grandes. Cada pareja montaría su propia estación, apuntaría cada día lo que midiera en un cuaderno y el viernes siguiente se lo contaría a la clase. Mateo todavía no sabía con quién le tocaría. La maestra iba a decir las parejas mañana.

En clase todos habían empezado a hablar a la vez. Uno dijo que haría una veleta, otro que llevaría un termómetro. La maestra Elena había proyectado en la pizarra la foto de una estación meteorológica de verdad. Había postes blancos, unas cazoletas pequeñas y un cubo de metal levantado del suelo. Mateo se había quedado mirando sobre todo aquel cubo. Se llamaba pluviómetro. De vuelta a casa no había dejado de pensar en él en todo el camino.

Mateo apretó un poco más el embudo. El plástico crujió y luego encajó en su sitio. El borde cortado estaba afilado; le arañó un poquito la punta del pulgar. Su madre bajó el fuego de la tetera y se acercó. Entre los dos rodearon el borde con cinta de papel, vuelta a vuelta.

—Ahora parece menos peligrosa —dijo su madre.

—También parece menos chula —dijo Mateo.

Su madre se rio y no dijo nada. En la cocina, el olor del té se mezclaba con el olor fuerte del plástico. Mateo sujetó la botella con las dos manos y la giró. El embudo bailaba un poco, pero no se caía.

Pero en la cabeza de Mateo, más que la tarea, había un solo número. La aplicación del tiempo del teléfono mostraba la semana siguiente día por día. El lunes tenía un solecito; el martes, una nube; el miércoles, otra nube. Encima del jueves, en cambio, había una nube gorda y morada. Debajo de la nube había tres rayos y, en letras enormes, «90 %».

Mateo bajó la pantalla con el dedo para actualizarla. El número siguió igual. La actualizó otra vez, y otra. A la tercera tampoco cambió.

—Noventa por ciento —dijo en voz alta—. Es casi seguro.

Su padre le habló desde el salón:

—¿Qué es casi seguro?

—El jueves hay tormenta. Mi botella se va a llenar hasta arriba.

Su padre se asomó a la puerta de la cocina y se subió las gafas a la frente.

—Eso es una previsión para toda una semana. Hasta el jueves van a pasar muchas nubes.

—Pero es un noventa por ciento.

—Un noventa por ciento es una previsión —dijo su padre—. El cielo no lee la aplicación.

Mateo se encogió de hombros. En su cabeza, la presentación ya había empezado. Él estaba de pie delante de la pizarra, con la botella llena hasta el borde en la mano. La clase estaba en silencio. Alguien de la última fila preguntaba: «¿Ha llovido todo eso?». Y Mateo asentía, serio, como un científico de verdad.

Levantó la botella hacia la lámpara de la cocina. La luz atravesó el plástico y dibujó una sombra arrugada sobre el periódico. Estaba vacía del todo. Daba igual. El jueves se llenaría.

¿Y si la tormenta tumbaba la botella? Mateo también pensó en eso. Le pondría algo pesado en la base. Podía ser una piedra, o una bolsita de arena. Dejó ese problema para más tarde.

En la aplicación tocó el jueves. Se abrió una lista hora por hora. La lluvia empezaba a las tres de la tarde y terminaba a las seis. Al lado del viento había una flechita que apuntaba al este. Mateo no miró la flecha. Sus ojos volvían una y otra vez a aquel noventa por ciento.

Detrás de la hoja de la tarea había un dibujo. Una botella cortada, un embudo del revés y, al lado, una regla muy derecha. Debajo había dos líneas con la letra redonda de la maestra Elena.

«Que la boca del embudo sea igual de ancha que el cuerpo de la botella. Así, la altura del agua en la botella será la misma que la altura de la lluvia que cae al suelo».

Mateo lo leyó dos veces. La primera vez no entendió nada. La segunda, dejó la hoja junto a la botella y miró el dibujo.

Pensó qué pasaría si no fueran igual de anchos. Un embudo ancho sobre una botella estrecha recogería muchas más gotas. El agua subiría deprisa dentro de la botella, aunque del cielo cayera la misma lluvia. Entonces el número mentiría. Al pensarlo, Mateo se rio un poco. Seguro que a nadie se le ocurría una trampa así. El embudo no multiplicaba el agua. Solo recogía las gotas que caían y no las dejaba escapar. Mientras la boca y el cuerpo tuvieran el mismo ancho, un milímetro de lluvia sería un milímetro de agua en la botella. Miró su propia botella. El embudo era la parte de arriba de la misma botella. El ancho coincidía.

Sacó del cajón la cinta adhesiva transparente y su regla de plástico de treinta centímetros. La regla tenía una mancha vieja de tinta, justo al lado del quince. Puso la regla de pie junto a la botella.

La punta de la cinta se enroscó una vez y se pegó a sí misma. Mateo intentó despegarla con la uña, la rompió y volvió a empezar. A la segunda también se enroscó. A la tercera quedó plana. Esta vez sujetó la regla sin moverla ni un pelo y dio tres vueltas de cinta alrededor de la botella.

Mientras pegaba la cinta, tenía la botella levantada en el aire. La regla resbaló un poco hacia abajo y crujió suavemente bajo la cinta. Mateo comprobó si la cinta estaba lisa. Estaba lisa, y sin una sola burbuja.

Cuando dejó la botella en la mesa, se inclinó un poco hacia un lado. Mateo pensó que era por el grosor de la cinta. Le metió debajo una servilleta doblada, y la botella se enderezó.

Ahora los números de la regla trepaban por el costado de la botella. Uno, dos, tres centímetros. Entre centímetro y centímetro había diez rayitas finas. Mateo se agachó hacia las rayitas de abajo del todo. Un milímetro no era casi nada. Ni siquiera llegaba al tamaño de una hormiga. Se preguntó cuántas de esas rayitas quedarían bajo el agua el jueves.

Luego dejó la botella en el centro de la mesa y se sentó enfrente. Se cruzó de brazos y la miró como un ingeniero. Estaba un poco torcida y un poco arrugada. En un punto del borde, la cinta de papel se había levantado. Pero el agua no se le iba a escapar.

Aun así, quería estar seguro. Llenó un vaso de agua en el grifo y lo vertió despacio por el embudo. El agua dio una vuelta dentro del embudo y bajó por la boca estrecha, chip, chap, chip. Se juntó en el fondo y se meció un poco. Mateo recorrió la botella con el dedo. No se salía por ningún sitio. El periódico de debajo quedó sequísimo.

—No pierde ni una gota —le dijo a su padre.

Su padre cogió la botella, la acercó a la luz y la giró de un lado a otro.

—Buen trabajo —dijo, y se la devolvió.

Mateo vació el agua en el fregadero. Secó el interior de la botella con un trapo; metió la punta del trapo por la boca estrecha del embudo y le dio dos vueltas. Después abrió el cuaderno. En lo alto de la primera página escribió «Cuaderno del tiempo». Debajo puso su nombre y, al lado, trazó una raya. Encima de la raya no había nada. Allí iría mañana el nombre de su pareja.

Las páginas del cuaderno eran de cuadritos. Mateo empezó a contar los cuadritos y luego lo dejó. Ya decidiría cómo dividir la página cuando montara la estación.

Recogieron la mesa. Doblaron el periódico y lo echaron al contenedor de reciclaje. Con el periódico se fueron también los recortes de plástico, los trocitos enroscados de la etiqueta y las puntas rotas de la cinta. La mesa de la cocina volvió a quedar vacía y brillante. En el centro solo estaba la botella.

Su madre se inclinó junto a la botella y miró la regla. Tocó con el dedo el extremo de abajo de la regla, a la altura de la servilleta.

—Aquí está el cero —dijo.

—Las reglas empiezan en cero —dijo Mateo riéndose.

Su madre también se rio y fue a recoger los vasos del té.

Mateo giró la botella una vez más. Vistos desde atrás, los números de la regla estaban al revés, como las letras en un espejo. Eso le gustó. En la presentación sujetaría la botella siempre por este lado, con los números mirando a la clase.

Antes de acostarse, Mateo llevó la botella a su cuarto. La puso en la estantería delante de la ventana, junto a sus libros. Le volvió a meter la servilleta debajo.

Miró por la ventana. El cielo estaba despejado. Sobre el tejado del edificio de enfrente se distinguían dos estrellas y, un poco más allá, la luz intermitente de un avión. La farola teñía de amarillo la acera. No hacía nada de viento. Las hojas del árbol de la acera no se movían.

Mateo abrió un poco la ventana. El aire fresco le tocó la cara. No olía a tierra mojada, solo a tubo de escape y al pan que quedaba de la panadería. Volvió a cerrar la ventana.

Mateo encendió el teléfono una vez más. El jueves seguía morado, seguía en noventa por ciento. Apagó la pantalla, puso el teléfono a cargar y lo dejó boca abajo.

La botella de la estantería brillaba un poco a la luz de la farola. La cinta del borde cortado del embudo proyectaba una sombra pequeña en el cristal de la ventana. En la oscuridad no se podían leer los números de la regla. Solo se adivinaban, apenas, las rayitas blancas, como los peldaños de una escalera.

Mateo se subió la colcha hasta la barbilla. Desde la cocina llegaba el zumbido del lavavajillas, y desde el salón, el ruido de las páginas del libro de su padre. En el piso de arriba se cerró una puerta, y luego todo quedó en silencio. Mañana, en el colegio, sabría quién era su pareja. El lunes empezaría a medir. Y el jueves la botella se llenaría.

Pensó en su propia estación. En las estaciones de verdad, el cubo estaba levantado del suelo y no tenía ninguna pared alrededor. La casa de Mateo no tenía jardín. Pero tenía un balcón. Una esquina del balcón estaba más despejada que el otro lado del edificio. El domingo iría a mirarla.

En el cuarto hacía fresco. La calefacción todavía no estaba encendida; octubre acababa de empezar. Mateo frotó un pie contra el otro bajo la colcha y esperó a que se le calentaran.

Por un momento imaginó la botella llenándose. El agua subía poco a poco y tapaba las rayitas de la regla una a una. Luego también ese pensamiento se fue haciendo lento. Mateo se dio la vuelta, de cara a la ventana, y respiró cada vez más despacio mirando la sombra fina de la botella.

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Qué aporta este libro

Esta muestra trabaja un único valor de desarrollo elegido para su franja de edad en siete capítulos: primero el reconocimiento, luego ejemplos concretos, una pequeña elección, un contratiempo y su reparación, y un cierre tranquilo. Todos los libros del programa siguen la misma estructura.

El plan de las siete noches

Cada capítulo es una noche y se abre a la hora de la familia; si se pierde una noche, la semana se alarga y no se pierde ningún capítulo.

  1. 1PresentaciónConocemos al protagonista y la idea de la semana.
  2. 2Otra caraLa idea muestra una cara nueva.
  3. 3ProbarEl protagonista prueba la idea a su manera.
  4. 4Dos caminosUna elección u otro punto de vista.
  5. 5Un pequeño tropiezoEl plan no sale; el coste es limitado y el capítulo termina con calma.
  6. 6RepararSe encuentra un camino; pedir ayuda también lo es.
  7. 7AsentarseLa idea de la semana encuentra su lugar.

Su lugar en el currículo

Los temas del programa de 9–10 años llegan en un orden fijo; este libro muestra cómo es una semana de ese orden. Mira la primera semana real y la secuencia en la página del programa.

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Tres preguntas para hacer después del último capítulo:

  • ¿Qué le costó más al héroe? ¿Qué habrías hecho tú?
  • ¿Te pasó algo parecido hoy?
  • ¿Buscamos mañana un pequeño momento para intentarlo?

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Estructura

Lista de capítulos y estructura

  1. 01

    Capítulo 1

    Gratis — leer
  2. 02

    Capítulo 2

    Se requiere acceso

  3. 03

    Capítulo 3

    Se requiere acceso

  4. 04

    Capítulo 4

    Se requiere acceso

  5. 05

    Capítulo 5

    Se requiere acceso

  6. 06

    Capítulo 6

    Se requiere acceso

  7. 07

    Capítulo 7

    Se requiere acceso

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