Ir al contenido
Empezar gratis
Grupo de edad
11–12 años
Idioma
Español
Detalles del libro
42 páginas
Lista de capítulos y estructura
7 capítulos
Formato
Solo texto

Contenido pensado para cada grupo de edad

Libro de muestra

La postal sin enviar

Resumen del cuento

Al mudarse a un pueblo de la costa, Clara nota cómo crece la distancia con su amiga de siempre, mientras un verano nuevo empieza en un taller de bicicletas.

Primer capítulo gratis

La última caja

La cinta de la última caja se despegó con un ras seco. La caja llevaba tres semanas detrás de la puerta, esperando a que alguien la abriera. Clara sujetó el cartón sobre las rodillas y miró dentro. En un costado, con el rotulador grueso de su madre, ponía: «CLARA – CUARTO – IRROMPIBLE». La palabra «irrompible» estaba subrayada dos veces, como si los de la mudanza no fueran a creérselo de otra manera.

Arriba del todo estaban los libros. Tenían los lomos apoyados unos contra otros y se habían torcido un poco durante el viaje. Clara los sacó de uno en uno y los fue colocando en el suelo. Todas las cubiertas tenían polvo de su cuarto de antes, fino y gris. Lo limpió con el dedo, y luego deseó no haberlo hecho.

Debajo había un estuche, un ovillo de cables y un cuaderno a medio usar. En la última página del cuaderno estaba la letra de Inés. Era una lista que habían escrito en el recreo: diez cosas que hacer en las vacaciones de verano. La tercera decía «ir en bici hasta el puente». Ninguna tenía una marca al lado.

Clara cerró el cuaderno y lo metió entre los libros, por el medio. No quería tirarlo. Tampoco quería mirarlo. El medio era un buen sitio, justo entre las dos ganas.

Al fondo del todo, aplastada entre los libros, encontró una postal. La había comprado en el ferry, en el expositor giratorio que había junto a la cafetería. Por delante tenía un mar azul y un faro blanco. Por detrás estaba completamente en blanco; hasta las líneas de la dirección eran de un gris muy pálido.

Iba a escribirle a Inés. Se lo había prometido antes de la mudanza, en el muelle, justo antes de que zarpara el ferry. Aquel día Inés la había agarrado del brazo con las dos manos. «Todas las semanas», le había dicho. «Pero no por el móvil. Algo de verdad, algo escrito a mano».

Inés había llorado entonces. Clara no. No lloró ni cuando soltaron las amarras, ni mientras decía adiós con la mano. Lloró después, en la cubierta del ferry, cuando su madre fue a por un té y nadie la veía. El viento le empujaba las lágrimas desde las mejillas hacia las orejas. La postal iba en su bolsillo en ese momento, y por eso tenía una esquina doblada.

Clara dejó la postal en la esquina del escritorio. Justo en la esquina, con los bordes alineados con los bordes de la mesa.

El cuarto todavía olía un poco a pintura. Las paredes eran blancas, demasiado blancas, como si allí no hubiera vivido nunca nadie. En la pared de su cuarto de antes había un agujero de clavo, y también una raya de rotulador que había hecho a los siete años. Su madre se pasó años intentando borrarla, y al final lo dejó por imposible. Aquí no había ninguna marca así.

Su madre estaba en el pasillo, peleándose con las piezas de la estantería. Cada vez que la llave Allen encajaba en un tornillo se oía un chirrido pequeño. En un momento dado la llamó: «Clara, ¿me sujetas esta tabla?».

Clara fue y la sujetó. Su madre tenía una raya de polvo en la frente, y un mechón de pelo se le había escapado de la pinza. Trabajaron un rato las dos sin hablar. Mientras apretaba el tornillo, su madre la miró una vez. Pareció que iba a decir algo, pero cambió de idea y siguió girando la llave.

—La ventana da al mar —dijo al final—. Todavía no me acostumbro.

—Mm.

—En la casa de antes veías el balcón del edificio de enfrente. La ropa tendida, el motor del aire acondicionado.

Clara se encogió de hombros. En el balcón de enfrente había un hombre que salía a fumar todas las tardes. Clara nunca lo había saludado con la mano, y él a ella tampoco. Aun así, le gustaba saber que estaba allí. Ahora, delante de la ventana, solo había mar, y el mar no era de nadie.

—Ya lo sé —dijo Clara. La voz le salió más dura de lo que quería.

Su madre no dijo nada. Puso también el último tornillo y empujó la estantería contra la pared. Clara volvió a oír su propia voz dentro de los oídos, y se le calentó la cara. Sabía que su madre tampoco había venido por gusto. A su madre la habían trasladado aquí por el trabajo, al pequeño hospital del pueblo. La tarde que se enteró, Clara se encerró en su cuarto y dio un portazo.

Quiso pedirle perdón. Pero cuando abrió la boca, solo le salió:

—¿En qué caja están mis fundas de almohada viejas?

—En la azul —dijo su madre. Su voz no había cambiado. Se guardó la llave en el bolsillo y fue hacia las cajas del otro extremo del pasillo.

Clara tanteó con la mano el lateral de la estantería. Estaba firme; no se movía nada. Su madre siempre hacía bien estas cosas.

Abrió la caja azul. Las fundas estaban arriba del todo, y todavía olían al detergente de la casa de antes. Clara se apretó una contra la cara y se quedó así un momento. Luego la puso en la almohada y estiró bien las esquinas. Ahora ese era el único olor conocido del cuarto, ese y el de su propia piel.

La primera semana, Inés le escribió todos los días. Por la mañana llegaba una foto: la puerta de la escuela, el sándwich de la cafetería, una cara dibujada en el cristal empañado del autobús. Al mediodía, una broma, casi siempre una imitación de alguien de la clase. Y por la noche, un audio largo.

Clara había escuchado cada audio dos veces. La primera vez escuchaba lo que decía Inés. La segunda, los ruidos de fondo. Allí estaba el pasillo de la escuela, el jaleo de la cafetería, el frenazo del autobús del barrio de antes. Una vez hasta reconoció, de fondo, la tos del profesor de matemáticas. Había oído esa tos durante un año entero, y al oírla ahora por el altavoz del móvil se alegró de una forma rara.

La segunda semana, los mensajes se acortaron. Seguían llegando fotos, pero sin nada escrito debajo. Las bromas se quedaron en una línea. Los audios no pasaban de treinta segundos, y los ruidos de fondo se fueron apagando.

Clara hizo como que no se daba cuenta. Siguió escribiendo mensajes largos. Le habló de la panadería del pueblo, de las gaviotas, del olor del cuarto. Hasta que un día miró el párrafo que había escrito y vio que la respuesta de Inés era una sola carita sonriente.

La tercera semana, una tarde, Inés escribió «luego te escribo». Al lado había puesto una carita con sueño.

Y después no llegó nada.

Durante tres días, Clara miró el móvil por la mañana, y otra vez al mediodía. Esta noche, en la cena, lo dejó junto al plato, con la pantalla hacia arriba. Su madre miró el móvil, luego miró a Clara, y no dijo nada. Solo le acercó un poco la ensalada.

El hueco de la esquina de arriba de la pantalla le parecía cada vez un poco más grande. No había ninguna notificación, pero que no hubiera ninguna también era algo. Algo pesado, como una piedra que se lleva en el bolsillo.

¿Se habrá olvidado?, pensó. ¿O estará ocupada con cosas nuevas? No era capaz de decidir qué era peor. Olvidarse, por lo menos, era un accidente. Estar ocupada, en cambio, era una elección.

Desbloqueó el móvil y subió por los mensajes antiguos. Los de la primera semana eran larguísimos; llenaban la pantalla y se salían de ella. Cuanto más bajaba, más cortos eran, como si fuera bajando una escalera. Al final de todo, el último, estaba la carita con sueño. Clara bloqueó la pantalla y dejó el móvil en el otro extremo de la cama.

Por la noche se sentó al escritorio y se acercó la postal. Del estuche eligió su bolígrafo favorito, el negro de punta fina. Inés y ella se habían comprado el mismo, en la papelería, el mismo día. Le quitó el capuchón.

Sostuvo el bolígrafo sobre la postal. La punta se quedó quieta a un milímetro del papel.

Se le ocurrió empezar con «Querida Inés». Era demasiado formal, como si estuviera escribiendo una instancia para el ayuntamiento. Luego pensó en «Hola, Inés». Eso se parecía demasiado a los mensajes de todos los días, y una postal se merecía algo más. Una postal pedía un sello, pedía un buzón, pedía un viaje de varios días. Sería raro hacer todo ese camino solo para decir «hola».

Lo difícil de verdad venía después. ¿Iba a escribir que aquí no conocía a nadie? ¿Que su cuarto era demasiado blanco? ¿Que Inés llevaba tres días sin escribirle? Si escribía esas cosas, la postal sonaría a queja. Y si no escribía ninguna, sonaría a mentira.

Y luego estaba lo otro: las postales iban despacio. Escribiera lo que escribiera hoy, Inés lo leería una semana más tarde. Dentro de una semana, Clara podía ser otra Clara. Quizá menos sola, quizá más. Pero la Clara de dentro de la postal se quedaría tal cual, la Clara de esta noche.

A Clara no le gustó esa idea. Luego le gustó un poco. Un mensaje se quedaba viejo en el momento de enviarlo, porque enseguida llegaba otro encima. Una postal, en cambio, se quedaba en el camino, y nadie podía tocarla. Ni Clara podía recuperarla, ni Inés podía leerla antes de tiempo.

Volvió a ponerle el capuchón al bolígrafo. Luego se lo quitó otra vez. Luego se lo volvió a poner. Cada vez que el capuchón encajaba se oía un clic pequeño.

Miró el móvil una vez más. La pantalla estaba oscura. Alargó la mano, pero no lo encendió.

Volvió a empujar la postal hasta la esquina del escritorio, bien alineada. En la parte de delante, el faro seguía blanco y muy derecho. La parte de atrás seguía en blanco. Pero ahora le parecía que estar en blanco significaba algo, como una espera.

Clara se levantó y fue a la ventana. El cristal estaba fresco, y apoyó la frente en él. Su aliento dejó una pequeña nube de vaho que enseguida se borró.

Abajo pasó una moto; el ruido subió por la cuesta y luego bajó. Después volvió a quedar solo el viento. En la casa de antes, la noche nunca era silenciosa. Estaban los autobuses, alguna alarma sonando en alguna parte, la tele del vecino de arriba. Clara había aprendido a dormirse con esos ruidos sin darse cuenta siquiera. Aquí el silencio era tan grande que sus oídos buscaban algo con lo que llenarlo.

El pueblo era pequeño. Había un muelle, una panadería, una farmacia y, al final de la calle, un local con la persiana bajada. Las casas de tejados rojos se escalonaban por la ladera, y las de más arriba miraban más al mar. Durante todo el día había soplado un viento salado. Ahora había amainado un poco, y solo dejaba un silbido fino en el marco de la ventana.

Durante el día había estado mirando a las gaviotas. Por las mañanas chillaban en los tejados, como si cada una presumiera de haberse despertado antes que las demás. Al mediodía bajaban al muelle y daban vueltas alrededor de los cubos de los pescadores. Un pescador viejo les había hecho un gesto con la cabeza para espantarlas, pero aun así había dejado la tapa del cubo abierta. Al verlo, a Clara casi se le escapa la risa. Nadie la estaba mirando, y aun así no se rio.

Ahora el muelle estaba vacío. Los mástiles de los barcos se balanceaban despacio. Las amarras crujían sobre el agua, como una puerta a lo lejos.

Bajo la farola del principio del muelle había un gato sentado, con la cola enroscada sobre las patas. Estuvo un rato mirando el agua; luego se levantó y se fue andando despacio hacia la oscuridad. Clara se preguntó adónde iría. En este pueblo todo el mundo, hasta los gatos, tenía algún sitio adonde ir.

En la punta del cabo se encendió el faro. Una luz blanca pasó por encima del mar y desapareció. Clara empezó a contar. Uno, dos, tres. Al llegar a nueve, la luz volvió.

Contó otra vez, y otra vez nueve. El faro tenía su propio ritmo. No esperaba a nadie, y tampoco le pedía respuesta a nadie. Se encendía, se apagaba y volvía a encenderse.

Cuando contó por décima vez, dejó de contar. Ya sabía sin contar cuándo iba a llegar la luz. Su cuerpo lo había aprendido solo.

Intentó acordarse de si por la mañana habían subido la persiana del local del final de la calle. Le parecía que durante el día había salido de allí un ruido, como de metal contra metal. No estaba segura. Los sonidos del pueblo todavía no se separaban unos de otros; todos eran como un solo zumbido: viento, gaviota, motor, ola.

Su madre llamó a la puerta con los nudillos. Traía dos tazas en las manos, y de una de ellas salía olor a tila.

—Las cajas de la cocina, mañana —dijo—. Esta noche he encontrado los vasos y poco más. Los platos siguen desaparecidos.

Clara cogió la taza. El calor se le extendió por las palmas de las manos. Su madre se sentó en el borde de la cama y miró hacia la ventana, hacia el faro. El faro se encendió y se apagó.

—Nueve segundos —dijo Clara.

—Así que los has contado.

—Diez veces.

Su madre asintió. Durante un rato contaron juntas, no en voz alta, sino por dentro. Clara vio que los labios de su madre se movían casi sin moverse. Esta vez se rio de verdad, una risa corta y sin ruido. Su madre también se rio, aunque ninguna de las dos dijo de qué.

—Antes te he hablado mal —dijo Clara—. En el pasillo.

—Ya lo sé —dijo su madre—. Y yo te he traído aquí sin preguntarte nada.

Clara miró su taza. Sobre la tila flotaba un vapor fino. Al levantarse, su madre le tocó el pelo una vez.

—Cuéntame cómo es el hospital —dijo Clara.

—Pequeño —dijo su madre—. Todo el mundo se conoce. Hoy una enfermera me ha llamado por mi nombre, y yo no sabía el suyo. —Se encogió de hombros—. Mañana lo aprendo.

Desde la puerta añadió:

—Las fundas estaban en la caja azul. Las has encontrado tú.

—Las he encontrado.

La puerta se quedó entornada. La luz del pasillo dibujaba una raya fina en el suelo.

Clara se quedó un rato sentada en la cama con las piernas cruzadas. Los bordes del edredón nuevo estaban tiesos, como almidonados; todavía no se habían acostumbrado al cuerpo de nadie. Los alisó con la mano. Mañana colocaría los libros en la estantería, y quizá también el cuaderno.

Clara se terminó la tila y dejó la taza en el escritorio, al lado de la postal. La postal seguía allí, con la esquina todavía un poco doblada. Quizá mañana escribiría. Quizá mañana no. No hacía falta saberlo esta noche.

La luz del faro pasó una vez más por la ventana. Dejó una marca pálida en la pared blanca del cuarto y se fue. Nueve segundos después, volvió.

¿Te gustó? Lee los capítulos 2–7 gratis con una cuenta.

Prueba 7 días gratis el Catálogo de cuentos Para cuentas nuevas. Empieza al confirmar tu correo. Sin tarjeta: termina sola si no añades una.

Qué aporta este libro

Esta muestra trabaja un único valor de desarrollo elegido para su franja de edad en siete capítulos: primero el reconocimiento, luego ejemplos concretos, una pequeña elección, un contratiempo y su reparación, y un cierre tranquilo. Todos los libros del programa siguen la misma estructura.

El plan de las siete noches

Cada capítulo es una noche y se abre a la hora de la familia; si se pierde una noche, la semana se alarga y no se pierde ningún capítulo.

  1. 1PresentaciónConocemos al protagonista y la idea de la semana.
  2. 2Otra caraLa idea muestra una cara nueva.
  3. 3ProbarEl protagonista prueba la idea a su manera.
  4. 4Dos caminosUna elección u otro punto de vista.
  5. 5Un pequeño tropiezoEl plan no sale; el coste es limitado y el capítulo termina con calma.
  6. 6RepararSe encuentra un camino; pedir ayuda también lo es.
  7. 7AsentarseLa idea de la semana encuentra su lugar.

Su lugar en el currículo

Los temas del programa de 11–12 años llegan en un orden fijo; este libro muestra cómo es una semana de ese orden. Mira la primera semana real y la secuencia en la página del programa.

Ver el programa de 11–12 años

Continuar en casa

Tres preguntas para hacer después del último capítulo:

  • ¿Qué le costó más al héroe? ¿Qué habrías hecho tú?
  • ¿Te pasó algo parecido hoy?
  • ¿Buscamos mañana un pequeño momento para intentarlo?

¿Qué cambia con la suscripción?

Los libros se reescriben cada semana con el nombre, los héroes y la edad exacta de tu hijo, y el programa avanza en orden. Esta muestra solo enseña la forma.

Ver los planes
Estructura

Lista de capítulos y estructura

  1. 01

    Capítulo 1

    Gratis — leer
  2. 02

    Capítulo 2

    Se requiere acceso

  3. 03

    Capítulo 3

    Se requiere acceso

  4. 04

    Capítulo 4

    Se requiere acceso

  5. 05

    Capítulo 5

    Se requiere acceso

  6. 06

    Capítulo 6

    Se requiere acceso

  7. 07

    Capítulo 7

    Se requiere acceso

Se lee en línea, en cualquier dispositivo

Los libros del catálogo se abren en el lector de Nori Tales siempre que tengas conexión. Tus cuentos personales, además, se pueden guardar en el dispositivo para leerlos sin conexión.

La versión de tu hijo, cada semana

Esta muestra enseña la forma; tu suscripción escribe cada libro con el nombre de tu hijo.

Cookies y tu privacidad

Nos gustaría usar cookies analíticas y de publicidad (Google Analytics y Meta) para mejorar tu experiencia, entender cómo se usa el sitio y medir nuestros anuncios. Si rechazas, solo se usarán las cookies necesarias para el funcionamiento del sitio.